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lunes, 7 de junio de 2010

Géneros musicales: exclusiones y estereotipos


Ya sea para la conformación del repertorio en la enseñanza de un instrumento, para actividades relacionadas con el análisis, la apreciación musical o la historia de la música, o simplemente como parte de alguna actividad áulica, la búsqueda y elección del material musical fue siempre una tarea regular de los docentes de música. Esta actividad, moldeada por el paradigma descripto en el título anterior y durante muchos años regulada por los libros de texto, por los docentes o por los directivos e inspectores educativos, tiene frecuentemente un carácter seleccionador que favorece ciertos géneros musicales sobre otros. De esta manera, aquella música de extracción clásica centroeuropea gozó, durante gran parte de los siglos XIX y XX, de mayor aceptación dentro de los círculos educativos frente a otros tipos de música consideradas menores como la llamada música popular. Sin detenernos en la discusión terminológica ni en los profundos debates en torno a esta aparente dicotomía, la música “popular” resultó de características pobres y por lo tanto indignas de ser incorporada a la enseñanza y mucho menos para ser comparada frente a la elevada y elaborada música “clásica”[1]. Absteniéndonos también de hacer una revisión histórica rigurosa podemos decir que esta segregación fue en parte una consecuencia de la gran aceptación de las ideas evolucionistas de la segunda mitad del siglo XIX que ubicaban a las culturas dominantes europeas en el último eslabón de la evolución sociocultural del hombre y que lleva implícito el modelo del conservatorio. En Argentina fueron incluyéndose a la formación musical, paulatinamente y propiciado por algunas corrientes nacionalistas, algunas músicas populares, por excelencia el folclore. Cercano a la mitad de siglo XX podemos encontrar ya una gran cantidad de bibliografía escolar, universitaria y de conservatorio que incluyen repertorio folclórico y excepcionalmente tango, aunque sin desplazar a la música “clásica”. A partir de los años 80 las músicas populares como el rock, el funk, el pop, comienzan a concentrar casi toda la atención sobre todo de las escuelas y de los centros de estudio musical privados.

No obstante, debemos decir, siempre hubo en torno a la música “popular” y la música “clásica” ciertas disputas que, a nuestro entender, no terminan en la problemática de la hegemonía o la preferencia cultural, sino que conllevan posturas ideológicas, pugnas generacionales, gestas sociales de magnitud y prácticas y saberes que se resisten a partir.[2] Conseguimos apreciar, a través de la cantidad de artículos, libros, tesis, trabajos de investigación, discusiones, seminarios y talleres generados en torno a la polaridad música clásica – música popular, que éste no sólo continúa siendo tema de debate, sino que continúa siendo una escisión todavía vigente. Hoy no es difícil hallar instituciones educativas tales como conservatorios, profesorados, escuelas y universidades que se definan dentro de una u otra línea. Podría creerse incluso, que aquel modelo excluyente que favoreció a la música de extracción centroeuropea durante mucho tiempo demandó a los “defensores” de la música popular a colocarse en una posición superadora dada la apertura ideológica que muchas veces proclaman sus discursos. Por el contrario, hoy en día existen academias, talleres, institutos, profesorados, tecnicaturas y escuelas que brindan enseñanza musical con orientación exclusivamente popular. En otros casos las “orientaciones” popular y clásica conviven, a veces de manera más antagónica, a veces mezcladas y otras veces de manera indiferente dentro de una misma institución. Ciertamente este fútil enfrentamiento, en diferentes épocas y latitudes y provenientes de un lado y del otro, produce la exclusión de una gran cantidad de material musical de infinita riqueza condicionando o directamente impidiendo con métodos más o menos sutiles la multiplicidad de expresiones dentro del ámbito educativo.

Por otra parte, y dado la gran difusión e incidencia en nuestra ciudad y posiblemente en todo el país de la enseñanza de música de “orientación” popular, debemos hacer una reparación especial en ciertas derivaciones surgidas en torno a la realidad que como fenómeno social vive hoy en día este género. Quizá una de las tendencias más sobresalientes producto de la influencia de los medios masivos de comunicación y la industria cultural, sea la exagerada estereotipación tanto de la música clásica como de la misma música popular. Sumado a esta fuerte tendencia que coloca de manera infundada a un género como oposición de otro y que hiciéramos mención en los párrafos anteriores, la estandarización de algunos rasgos hacen habitual algunas simplificaciones tales como relacionar la música de extracción centroeuropea con lo viejo, lo aburrido y lo tranquilo o ponderar al rock como lo moderno, lo violento y lo contestatario. Sobre todo en la educación ligada a la formación instrumental, estos estereotipos trascienden la barrera del mero posicionamiento ideológico llegando a tener consecuencias en lo idiomático e incluso, hecho más lamentable, en el uso y rol de los instrumentos musicales. Con respecto a lo idiomático pueden señalarse principalmente: numerosos casos de restricciones en el uso del repertorio de alturas como los llamados “giros típicos” encuadrados en un puñado de escalas; ciertas combinaciones rítmicas, métricas y tempi estandarizados; la elección de acordes supeditado al modelo triádico por terceras; la hegemonía casi absoluta de la textura de melodía acompañada; y la preponderancia de esquemas formales estróficos en música de procedencia no coreográfica. En cuanto al rol y uso de los instrumentos: son limitados los planos en que se desenvuelve y las funciones que “debe” cumplir; la variedad y búsqueda tímbrica se ve circunscrita a unas pocas posibilidades; y el armado estandarizado de formaciones instrumentales. Así, encontramos por ejemplo que el rock debe ser estrófico, de métrica cuaternaria, acompañado de armonías triádicas, en donde la batería y el bajo indefectiblemente acompañen a la guitarra y la voz; que el oboe no se use en el tango; y que en el punk el bajo y la guitarra hagan lo mismo.

No es raro entonces que, producto de esta tendencia que confunde lo que es aprender música y lo que es profundizar en un género o un estilo musical particular, puedan encontrarse profesores que en realidad sólo brinden un buen desempeño en sólo uno o algunos de ellos. Con frecuencia se asume, además, que saber tocar la guitarra en realidad es saber tocar folclore en la guitarra, ser profesor de batería en realidad es ser profesor de rock en la batería, etcétera. Quizás, y de manera característica y hasta podríamos decir sintomático de esto, el estereotipo más perjudicial para la educación de los alumnos sea aquel que considere inútil la enseñanza o el aprendizaje de la lectoescritura en géneros populares, como si la lectoescritura, paradójicamente, perjudicara la creatividad del alumno “limitándolos”.

Sería deseable superar definitivamente la vetusta dicotomía música popular – música clásica en la educación. Mientras más variado sea el repertorio y los géneros musicales que el docente ponga a disposición en el aula tendrá, por un lado, muchas más posibilidades de lograr variedad de ideas, y de alimentar una mayor diversidad de sensibilidades, por el otro. Creemos que el docente, en tanto sujeto formador de subjetividades, debe poder tener la libertad y la capacidad de elegir los materiales musicales sin ningún tipo de prejuicios, estereotipos, ni tabúes ya que de esta manera contribuirá a la formación de una sociedad más pluralista.



[1] Empleamos aquí intencionalmente los términos “Popular” y “Clásica” tal como se los denomina coloquialmente dado que lo impreciso de estas denominaciones son denotativas de la ignorancia con que muchas veces son utilizados.

[2] Para más detalles: SWANWICK, Keith. Música, pensamiento y educación. Madrid, Ediciones Morata, 1998. Capítulo VII: La educación musical en una sociedad pluralista.

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